El verano en esta zona de Eslovaquia es un tanto peculiar. Tras una vida en la costa mediterránea hay ciertos factores que no pueden dejar de sorprendernos incomodarnos. En alguna foto y en el No Topics anterior ya dejé constancia de lo pronto que amanecía en el Junio eslovaco, algo más tarde de las 3 de la mañana en un país sin persianas. Pero en las últimas semanas el verdadero incordio viene por otra parte. Con una primavera tardía, tras el frío la naturaleza se repone aquí con una fuerza tremenda y la vegetación lo inunda todo hasta el punto de que el césped y demás hierbajos casi llegan a la rodilla en apenas una semana tras cortarse. Unos meses atrás el polen era visible volando en el aire en hilachos, pero ahora y tras la fase larval llega el momento de los invasores aéreos.
Jamás he visto polillas y mosquitos más grandes que los de aquí, ambos superando sin estupor el ancho de una mano y eso que, pese a superar de día en calor a Andalucía (alguna vez), seguimos usando edredones por las noches. Cada día antes de ir a dormir he de buscar por las paredes a estos visitantes, lo cual demuestra que arañas y ranas, que hemos llegado a ver cruzando la calle, no dan a basto. Es curioso que entre toda esta vida, que permanece siempre oculta a la luz del día, no haya visto una cucaracha durante un año (no así ratas del tamaño de gatos). El verano aquí es muy extraño, caluroso desde muy tempranas horas y, lo más jodido, con espontáneas pero fuertes lluvias casi todos los días.
Me apetece mucho disfrutar del verano en mi tierra, así como descansar de ciertas rutinas y lugares. Llevo 10 meses comiendo sopa de primer plato y bebiendo té con cada almuerzo como única opción disponible, y nada de eso pega cuando se rondan los 30 grados. No es que me esté asando, pero no hay demasiada diferencia entre la terral malagueña y la carencia de aire acondicionado en edificios con doble cristal en las ventanas y un intenso efecto invernadero. Hecho de menos la nieve.



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