This post is an example of two special and unique events: the start of summer semester into Slovak Spiral and the meet of two different Erasmus dimensions in the same space-time.
Let’s go to give it all one more time, prawners.
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Éste es el primer post crítico que escribo aquí, aunque sobre un tema que no comento por vez primera.
Hay un nivel de cutrez en diversas -la mayoría- de las zonas en Kosice que te hace pensar por qué no cambian ventanas y cosas horrendas y destrozadas de los años 60. Es como si los eslovacos diferenciaran claramente sus hogares, que deben estar perfectos y no tienen nada que envidiar a los de cualquier país europeo (lo que equivale a decir que no son ni mucho menos pobres) al mobiliario urbano o la fachada de los edificios, hacia los que no sienten vergüenza a que se caigan a cachos. Siempre asumen que sus calles y edificios son feos, pero se limitan a responder con conformismo que es “la herencia comunista”. Que se dejen de tonterías. La gente se gasta mucha pasta en televisores de plasma, viajar al extranjero y en la mejor equipación para esquiar o hacer snow, y ni pintan una pared exterior, farola o una puerta en 40 años. Pero lo peor es que ni les importa hacer el esfuerzo para que eso cambie. Sé dónde está el Ayuntamiento, pero me pregunto si esta ciudad ha tenido alguna vez Alcalde o si éste sabe que existe Kosice más allá de la Hlavná Ulica (Main Street).
Antes de llegar a Eslovaquía creía tener cierta idea de lo que me acabaría encontrando en términos culinarios. Como en muchas otras cosas iba muy desencaminado. Por ejemplo pensaba que por ser un país perdido en el centro de Europa habría una gran tradición ganadera, lo cual no es del todo cierto. En eslovaquia prevalece el sistema de unas pocas ciudades grandes y muchos pueblos acogedores, como barrios dispersados por el campo dentro de un país en absoluto grande: la gente suele tener un pequeño huerto enfocado a cultivar verduras y no a tener animales. Esto repercute en que se pongan hasta arriba de hortalizas y no vean demasiado la carne, aunque esto necesita matizarse.
La carne estrella en Eslovaquia es el pollo. La diferencia de precio respecto a otros animales es bastante grande y hay restaurantes donde no ofrecen otra o, si la ofrecen, es en plan “alternativa especial”. La segunda carne más habitual suele ser cerdo, luego una raza de pollo exclusivo de aquí cuyo nombre no recuerdo y pavo en ocasiones. La ternera no aparece ni en foto, creo que la llegado a comer sólo una vez en estos casi tres meses y por casualidad. Y al no tener una gran tradición ganadera, la variedad y calidad de los quesos eslovacos deja mucho que desear (para un español). El 80% de su producción son quesos ahumados para disimular que son insípidos y a los que dan toda clase de formas, desde la apariencia de una patata, una cesta o tirabuzones. Son quesos que sirven para fundirse sobre carne pero cuya utilidad cesa ahí. Comerselos crudos o mezclados con otros ingredientes es torturar el paladar. También comen mucho Edam para los bocadillos, pero no es típico eslovaco. Lo que sí es típico es un queso muy cremoso y fresco usado en las comidas que explicaré más adelante, el bryndza (entre otros de textura parecida), pero no los considero quesos propiamente sino más bien una crema láctea que venden por cucharones o empaquetados como salsichas, un sistema que da para confusión al principio ya que también lo usan para envolver un paté típico -que carece de hígado- y una asquerosa pasta de soja que provoca el vómito con efecto retardado.
No obstante y si obviamos el uso excesivo de arroz blanco y patata cocida y su nulidad para la pasta (encontrar lasagnas y canelones, congelados o en restaurantes, es casi imposible e incluso los macarrones como los conocemos son rara avis) los platos típicos eslovacos son bastante interesantes y cuando les coges el punto, exquisitos. Abajo coloco una foto del Halusky, una especie de pasta cocida hecha con patata rallada, harina y huevo, bastante suave y a la que se le añade la crema de queso bryndza típica y bacon frito, dando un plato barato y que llena casi al instante en los días de frío. La he probado también con col ácida salteada, aunque el cambio no evita que también pueda hacerse un plato cansino del que es mejor no abusar en cantidad.
Otro plato, si bien no exclusivo del país pero muy común en la zona, es el Pirohy, unas empanadillas cocidas y no fritas a las que rellenan con patata y queso y complementado con bacon da un plato bastante potente para el invierno, aunque no del todo de mi agrado. Para los críos suelen rellenarlo también con mermelada en lo que sería una primera cena (que es como llaman a la merienda aquí).
Uno de mis platos favoritos por aquí es el segedinsky gulas s knedlikmi, carne de cerdo adobada acompañada de col ácida salteada y un pan cocido muy lentamente y no hecho del todo que resulta tremendamente esponjoso y muy sabroso. La mezcla de la carne con la col y el pan es uno de los caprichos que me vienen a la mente cuando queda poco para la hora del almuerzo y estoy en clase mirando el reloj.
La col ácida es muy recurrente (lástima que siempre le echen semilla de enebro) y con ella preparan una sopa típica que suele ser el primer plato en Navidad, la kapustnica. Esta sopa suele llevar además huevo cocido y patata, trozos de una salchicha especial alargada como un fuet y de rojo oscuro, que tiene un sabor muy particular a medio camino del bacon y la carne ahumada. Todo sea dicho, entre su amor por la mantequilla (y su imposible combinación con hortalizas crudas) y la abundancia de tocino, aquí a veces no controlan en absoluto el consumo de grasas, que no de carnes rojas (más quisieran).
El no ser excesivamente exquisitos con el queso ha permitido a los eslovacos jugar con la sartén y hacerles hábiles friendo el queso. Copiado por los yankis en los “palitos de mozzarella”, el auténtico queso frito se prepara en grandes triángulos y pese a que en principio uno espera un San Jacobo sin jamón la textura del queso y su grosor dan un plato muy diferente, bastante más seco y al que se le suele complementar con tatranska, ya que esa es la salsa estrella aquí: la salsa tártara (la mayonesa se deja para los pescados y los no amantes del pepinillo, la segunda verdura encurtida estrella).
Cerraré este post alimenticio con las bebidas. La cerveza en Eslovaquia, igual que en la República Checa, es después del agua la bebida más barata. Aunque existen buenas cervezas negras, lo popular son unas rubias algo oscuras y a veces con tintes parduzcos, en marcas como Zlatý Bazant, Šariš, Corgon, Gemer y Martiner. Y aunque por la influencia rusa el vodka tiene su relevancia (el ron de aquí es casi ausente y sabe a pasta dentrífica) los licores típicos son una gran alternativa. Van desde el ceresnovica, dulce y con sabor a cereza, al fuerte slivovica, supuestamente hecho con ciruela, pasando por el amargo borovicka hecho con muérdago, aunque mi favorito sea el hruskovica, con un suave toque a pera. Hay un problema con el alcohol en este país, y es que hay un gran desnivel en la concentración desde la cerveza a los licores y el vodka. Desnivel del que se puede pasar olímpicamente con la Kofola, casi la bebida no-alcohólica nacional: una cocacola esclusivamente eslovaca de fuerte sabor a vainilla y con una sola cosa en común respecto a su homónimo americano: el color.
Dobrú chut.
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